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No pensaba escribirle una carta –ahora que he hecho el amago de llamarle de usted, paso a tutearte, ¿vale? Me incomodan mucho los protocolos cerrados-, pero recordé que tú incluso le habías dedicado una al mismísimo presidente del gobierno, so why not.

Leí esa carta en el periódico gratis de la cafetería de un tren y sentí la urgencia de cambiar las cosas con respecto a los niños y a los hijos de puta que se atreven a tocarles un pelo. Escribí un artículo sobre ese tema para un periódico. Me dio problemas: no cambié una coma, no tuve más noticia de ellos. Pero se publicó.

No pensaba escribirte una carta, como digo, sino hacer un reportaje sobre tu labor de democratización del mundo elitista de la música clásica. Sin mencionar lo que te ocurrió o te dejó de ocurrir de pequeño, porque estarás cansado de que te reduzcan a la horrible experiencia que sufriste. Sé que si lo cuentas y lo cuentas es porque tienes trabajo que hacer ahí, y respeto muchísimo tu labor, solo digo que eres mucho más que eso.

Se me ponen los pelos de punta al pensar en ello, igual que a todo el mundo que haya leído Instrumental o Fugas, o que te haya escuchado en algún medio. Estás activo, eh. Te cueste más o menos, lo haces. Eres valiente. Y a la gente le dan muchas ganas de achucharte en cuanto te conoce. Supongo que porque la empatía humana está más viva de lo que a veces creemos, thank God.

Si te escribo una carta es porque te escuché tocar en el Palau de la Música Catalana en tu último espectáculo, y porque también te he leído.

Y de pronto, de pianista intermediario entre el populacho y la música clásica, pasaste a ser un humano polifacético con una influencia directa sobre mi vida, de alguna forma.

Tu valentía, te decía, mientras miraba a los púberes alborotando con las mochilas a la salida del instituto –tecleo sentada en una porción de césped, me he quitado los zapatos- reside en ser capaz de abrirte en canal, a través de diferentes vías, para sanar. Y en servir de puente. Aunque eso a veces te deje marcadas las suelas en el cuerpo.

Vale. Te cuento brevemente sobre mí. Ya está bien de remites misteriosos –who the fuck is this girl-.

Antes no era así, pero en algún punto de mi vida empecé a sentir mucha claustrofobia.

Me sucede en los trenes, hasta que leo verdades que me agitan y me centran y me conminan a la acción.

Me sucede en los teatros, sobre todo cuando me colocan en el «gallinero» y los asientos están tan próximos entre sí que podemos tocar con las rodillas el de enfrente, y codo con codo, y aliento con aliento, y bochorno.

Murcia Inspira - Querido James Rhodes
Detalle del Palau de la Música Catalana, Barcelona,
en el concierto de James Rhodes (2019)


Sin embargo, justo en el momento en que estoy calculando las rutas posibles para salir por patas, aplastando cuellos si hace falta, sale al escenario un monigote enano –desde mi perspectiva kilométrica, claro-, con una madeja gris que le corona la cabeza gacha. Casi pide disculpas mientras habla, pero no engaña: su mordacidad es suficientemente explícita. Bromea, es ácido, sabe cómo conectar. Introduce cada pieza de manera que tengas ganas de sumergirte en ese mundo ideal. Y cuando comienza a tocar, de pronto, sucede el milagro.

No me quiero poner cursi, ¿vale?

Quizá por eso te he descrito en tercera persona, porque me da vergüenza dirigirme a ti en segunda. No quiero que pienses que te peloteo. Me apetece de verdad que sepas que esto es lo que ocurre cuando tocas.

Lo que sucede –valentía, inspiro fuerte- es lo siguiente.

Miles –lo repito-, miles de personas en silencio.

Sepulcral. Más vivo que nunca.

Siento a las presencias de los lados, tan cercanas, como abstraídas, absortas. Casi espirituales. No pesan. Sus respiraciones lentas. No están.

En pleno siglo XXI eres capaz de transportar a las mentes revoltosas a una paz absoluta. Lejos de entretenimientos, de colores, de imágenes sin final. Como una dieta de minerales esenciales que rompa con el enganche a las grasas trans con un simple bocado.

Solo un hombre torturado, su piano.

Un auditorio. Todos juntos.

La humanidad.

Yo dejo de planear rutas de huida, igual que en el tren.

James Rhodes se entrega al mundo con valentía, titular. Porque su pasión por la música es tan grande que la contagia. Y su inteligencia, tan abrumadora, que ha conseguido hacer bromas de lo innombrable y abrirse hueco hacia la cordura.

Y esa es otra, James. Permíteme que te llame por el nombre de pila. Ahora que acabamos, voy cogiendo confianza. Te leo, también, en Blackie Books –siempre te odiaré por publicar con ellos, envidia de la buena, son estupendos-, y me cuentas todo lo chungo que tienes el cerebro. Pero no me lo creo. Del todo, digo.

Creo que los médicos a veces nos joden mucho con sus diagnósticos de mierda.

Creo que mi ‘claustrofobia’ repentina se explica porque en esa etapa me sentía encerrada.

Creo que el cerebro busca metáforas para expresarse cuando no le permitimos hacerlo porque nos da demasiado miedo.

Por eso yo te tomo la mano en mis ansiedades y me relajo, como hace la música contigo. Y ojalá devolvértelo con este texto también, de alguna forma.


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