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Empecemos por los orígenes. Si hubieras sabido el resultado actual, ¿seguirías estudiando Bellas Artes?

Esta pregunta es bastante tramposa, pero hace unas semanas me tocó dar una charla en la Universidad de Murcia, organizada por el COIE, para intentar captar alumnado para el año que viene, así que vengo súper motivada. Te diré que, a día de hoy, sí que la volvería a hacer, pero también es cierto que durante muchos años pensé que me había equivocado, que había cometido el gran error de mi vida. Al final, ser artista es un posicionamiento, una forma de estar en el mundo, y eso habría emergido sí o sí aunque yo me hubiera resistido.

También he visto que los males que yo achacaba a mi carrera, como la precariedad laboral, la dificultad de inmersión en el mercado, o los problemas de la profesionalización, no son exclusivos de las Bellas Artes, sino que, en realidad, es algo que permea todo el panorama laboral nacional. De hecho, dos de mis personas más allegadas lo demuestran. Mi hermana estudió arquitectura en Valencia, fue becaria, pero nunca llegó a ejercer aquí. Se tuvo que ir a Londres y ahora vive en Los Ángeles. Por otro lado, mi mejor amiga, Patricia, hizo física, es Premio Nacional de Microscopía y jamás llegó a trabajar aquí. Es cierto que fue becaria en el CSIC, y que cuando se le acabó la beca FPU le ofrecieron quedarse, pero fue por un sueldo irrisorio de tres cifras, y ahora está en Francia. Entonces, con los años me he reconciliado con mi perfil, y creo que el problema no era tanto estudiar Bellas Artes como la precariedad generalizada.

¿Cuándo te diste cuenta?

Pues hace bien poco, hará como cuatro años o así. A mitad de la carrera vivía en una burbuja, pensaba: tienes que hacer lo que te guste y eso es lo importante, pero no, al terminar sentía que tenía que haber hecho algo que me diera dinero. Así, luego yo podría haber dedicado mi tiempo personal a mis proyectos, una vez que tuviera mi jornada con un sueldo asegurado.

¿Y qué hay del desprestigio de las humanidades frente a empresariales, nuevas tecnologías, etc.?

La crisis ha sido un toque de atención para todos, y la gente se lo toma ahora más en serio. Al final, todas las carreras tienen salidas laborales, pero en ocasiones depende del grado de interés que le quieras poner. El reajuste más importante ha sido el énfasis en el carácter práctico de una carrera. Las humanidades se han quedado algo atrás en esta guerra, pero también es ficticio por lo que hablábamos antes de las carreras de ciencias.

El otro día leía, además, que muchos de los trabajos que hoy conocemos van a dejar de existir en diez años, es decir, ni siquiera es algo lejano. El trabajo del futuro está relacionado con las nuevas tecnologías, internet, o la empresa, pero también es cierto que se están valorando mucho los perfiles creativos en compañías en las que jamás se pensó que pudiera haber un graduado en Bellas Artes. Nos están contratando porque saben que el valor creativo es cada vez más importante. Han entendido que la capacidad para aportar soluciones novedosas a problemas antiguos les ahorra dinero y puede marcar la diferencia en una empresa.

Bellas Artes se tiene que agarrar a esto para reinventarse, pero, en sí, el nombre de la carrera es decimonónico. Sus distintas áreas, dibujo, escultura y pintura, tampoco se ajustan a las prácticas contemporáneas. El alumno, en todo esto, ha de decidir cuál va a ser su especialización, y centrarse en su objetivo, teniendo en cuenta que allí se forma a profesionales del diseño, la fotografía de producto, la decoración, la edición de vídeo, de las artes visuales, de la animación 3D, la restauración, etc.

Entonces, ¿dónde queda la profesionalización del artista?

Isidiro Valcárcel Medina te diría que el gran error es ser precisamente un artista profesionalizado, porque cuando es así, de alguna manera, el arte se desactiva. Aunque no con esa radicalidad, yo intento aplicar esta visión en mi trabajo. Por otra parte, terminar un Grado no implica estar preparado para ejercer una profesión, y esto, aunque es aplicable a todas las carreras, es aún más complejo en humanidades.

Retomando tu papel como docente, ¿cómo lo entiendes y aplicas?

Ha cambiado radicalmente desde que empecé como becaria de investigación FPU en el año 2009. Entonces me lo tomaba todo demasiado en serio, para dos horas de docencia me documentaba durante toda una semana. Leía, buscaba referencias, fotocopiaba textos, y hacía unas presentaciones como si aquello fueran conferencias magistrales. Era una locura, un auténtico despropósito.

Ahora soy más consciente de la realidad de la universidad, y mi metodología ha evolucionado. He detectado, sin querer parecer apocalíptica, que en estos diez años el cambio en el alumnado ha sido abrumador. El año pasado hice una pequeña reforma en mi estudio, y encontré unos exámenes de estos primeros años, de cuando impartía la asignatura Introducción al Arte Contemporáneo en Filosofía. Ese nivel sería ahora impensable; me echarían.

Cuando das clase, das por sabidos unos mínimos de cultura general, y algunos contenidos más específicos, pero he aprendido que no se puede dar absolutamente nada por supuesto. Tengo una libreta en la que voy apuntando palabras o expresiones de uso común, nada eruditas, que algunos alumnos desconocen, lo que muestra ese deterioro progresivo en la capacidad expresiva oral y escrita. Un alumno de cuarto me reconoció que nunca jamás en la carrera se había leído un libro completo. Esto no quita, por supuesto, que también haya gente maravillosa, súper talentosa y súper trabajadora.

Por otra parte, también trato de dejar un espacio para el debate. Necesito saber, exactamente, qué les interesa, cuáles son sus inquietudes y sus conocimientos para intentar adaptar las clases, sin desviarme, eso sí, de la sacrosanta Guía Docente.

En ese sentido, ¿les animas a ir a exposiciones, cursos, etc.?

Fíjate, ese es el gran cambio. En los últimos años he impartido Métodos y sistemas de representación espacial, y como la clase comenzaba a las 8.30 esperaba unos minutos de cortesía hablando de la agenda cultural, yendo de lo local a lo internacional. La reacción fue tan buena que ahora repito la fórmula en otras asignaturas. También comentamos polémicas de actualidad como el plátano de Maurizio Cattelan, los despropósitos de Avelina Lésper, o la percepción del arte que tiene el público no especializado.

Siento que hay una total desconexión entre la Facultad y el resto de instituciones públicas, privadas, o galerías. Aquello es como un páramo; la periferia de la periferia. Por eso, cuando hay algún evento importante soy muy insistente. Ayer mismo les hablaba de la inauguración de Lindes, camino, memoria, la exposición de Sonia Navarro en la Sala Verónicas. Les expliqué que era una muestra obligada, que hacía diecinueve años que una artista murciana no exponía ahí, ya que la última fue Elisa Séiquer.

En definitiva, lo único que intento es ampliar las fronteras de su endogámico mundo. Hace tres o cuatro años me llamaron para que formara parte del jurado del CreaMurcia. Mi sorpresa fue que entre las solicitudes presentadas no había ningún alumno de la Facultad. En esos momentos te dan ganas de llorar porque, evidentemente, asumes que estás haciendo algo mal: ¿cómo es posible? Somos el objetivo principal de todas estas convocatorias. De repente, pensé que esa también debía de ser mi misión: intentar que se vinculen de alguna manera con el tejido cultural de la Región. En ‘Concepto, pensamiento y discurso del arte’ los animé a que presentaran sus trabajos finales, y dos de ellos fueron ganadores en las categorías de Artes Visuales y Fotografía, además de los seleccionados. Sin embargo, esa desafección, ese nihilismo, esa desgana y desánimo por la vida y el arte, que es también muy millennial, permanece. Hay un punto en la asignatura en que les insisto en que ya son artistas, y que lo son 24/7, así que a veces me siento más terapeuta que docente.

Murcia Inspira -

Hablando de Sonia Navarro, ¿crees que la mujer sigue encontrando este tipo de obstáculos?

En general, sí. Mentiría si dijera que no hay ninguna diferencia entre géneros. La mujer se enfrenta a las mismas dificultades que los hombres, pero siempre con una exigencia adicional. Hay cosas que se dan presupuestas en el varón y que la mujer, en cambio, tiene que demostrar con un esfuerzo mayor, y esto es extensible al mundo del arte. También es cierto que, últimamente, hay ciertos feminismos que creo que se están equivocando. Con toda su buena intención están haciendo más profunda la herida. Creo que hay algo muy perverso; una polarización en todos los ámbitos que no está beneficiando para nada.

En cualquier caso, estas preguntas son muy comprometidas. Es obvio que no hay una igualdad real, pero también creo que hemos avanzado muchísimo. En los últimos treinta o cuarenta años ha habido un gran cambio en España y, sin embargo, parece que la gente está cada vez más enfadada. No creo que esto sea un buen síntoma, preconiza algo bastante malo. Vivimos en una sociedad imperfecta, pero que es de las mejores del mundo. Hay motivos para el cabreo, y muchísimo margen para la mejora, pero también tenemos que serenarnos, objetivamente estamos mejor que nunca: hay menos guerras, menos mortandad infantil, etc. Deberíamos ser un poco más optimistas.

Me considero feminista, creo que cualquier mujer, desde que nace, es feminista por defecto. Mi forma de vivir ya es una forma de tomar posición y nunca me ha gustado pronunciarme más allá de mis actos. Siempre me he considerado más observadora que proactiva. Soy una persona muy reservada, reflexiva, meditativa, no me gusta exponerme, ni a mí ni a mis pensamientos y, de hecho, para mí esta entrevista ya supone un esfuerzo personal, tú lo sabes. Profesionalmente, también expreso lo mínimo. Si hubiera nacido en otro momento quizá habría sido más activista. Mi lucha, para decirlo con una terminología contemporánea, se resume en fake it, until you make it (finge hasta que lo consigas). Siempre he hecho como si no hubiera ningún impedimento añadido con la esperanza de que en algún momento eso será así.

También me he sentido excluida al no seguir las ideologías dominantes. Siento que el espacio se ha hecho más pequeño: en los ochenta éramos mucho más libres que ahora por culpa de la corrección política. Lo mismo pasa en Bellas Artes: en mi época había lugar para la disidencia, y ahora todos los discursos son unidireccionales y acompasados, ¡pero si el arte contemporáneo tiene que ser justo todo lo contrario, el que va a contracorriente! Los temas de interés del alumnado son todos muy homogéneos: el feminismo, la ecología, el plástico, el calentamiento global, la teoría queer, pero claro, yo creo que ahora no es el momento de hablar de la teoría queer de los noventa, sino de cuestionársela. Al final, me veo defendiendo posiciones con las que ni siquiera estoy de acuerdo, haciendo de agente del mal, para ver si así les provoco, precisamente porque me asusta esa uniformidad que está creando una generación de débiles convencidos de su singularidad, la conocida como snowflake (copo de nieve).

Su infantilización está muy interrelacionada con todo lo anterior, todo el mundo da lecciones, pero luego tengo que ir apagando todas las luces del baño, el aire acondicionado y reciclando sus papeles. Yo, que no voy de ecologista, veo esto y no puedo evitar pensar que son discursos vacíos, acompasados. Por otra parte, están los traumas, todos tienen trastornos de ansiedad, son depresivos, solo saben hablar de sí mismos. Al final, es la generación de la victimización, todo les ofende y no son responsables de nada. Siempre hay un culpable para todo. Eso sí, son más reivindicativos y exigentes que nunca, saben perfectamente cuáles son sus derechos.

Si nos descuidamos, no llegamos a tu faceta artística. Comenzaste en el Colegio Mayor Azarbe con Ojos abatidos (2008), serie basada en las reflexiones teóricas de Martin Jay.

Parece que son trabajos muy lejanos y dispares entre sí, distanciados de lo que hago ahora, pero si lo pienso fríamente me da la sensación de que son diferentes manifestaciones de unos mismos intereses que, de alguna manera, siempre han estado ahí. Fue un ejercicio de juventud autobiográfico: pasaba por una experiencia personal compleja, y sentía que tenía que desaparecer, la tentación contemporánea de la que habla David Le Breton. Aunque en aquel momento estaba investigando sobre la visión, y me he interesado después por autores como Fontcuberta o W. J. T. Mitchell, las piezas, en realidad, hablaban más del dolor que de la saturación de imágenes. La angustia siempre ha estado presente en mí. La última pieza que he hecho ha sido una quemadura en la que me inscribo la palabra doliente, y siento que hay ciertos vasos comunicantes con estas piezas tan lejanas.

No son tan lejanas: las de 2008 son tan mínimas, o leves, como las de ahora, y también descontextualizas los elementos, sean estos las partes del cuerpo o las fotografías familiares de una persona.

Sí, además siento que también me describen muy bien. Soy muy contradictoria, siento que como artista tengo que hacer cosas para visibilizarme, sin embargo, no me gusta comunicarme, me considero una persona súper introvertida, muy reflexiva, que solo en mi círculo más cercano consigue relajarse. Intento dejar la mínima huella, no molestar, no ser vista. De alguna manera, siento que todos los trabajos tienen ese aroma de querer pasar desapercibida y, en el fondo, creo en el consumo íntimo de la imagen.

Más tarde, en el Museo Hidráulico Molinos del Río Segura expusiste NY & Me (2012), una serie de fotografías documentalistas que muestran una ciudad hostil y colosal con unos habitantes empequeñecidos, vaciados.

Con esta serie ocurre algo parecido, me fui a Nueva York para hacer un trabajo de investigación. Cuando volví, Carmen Hernández me propuso hacer una exposición sobre la ciudad, y aunque yo no había hecho ninguna fotografía ex professo decidí hacer del defecto virtud.

Todos sabemos cómo es la ciudad, hemos visto miles de imágenes, y yo no quería incidir en eso. Todas las fotos están hechas con mi móvil y con una pequeña cámara compacta sumergible, y son de consumo privado e íntimo. Así, el ejercicio fue de selección, más que otra cosa. Es precisamente lo que hago ahora: elijo y doy un nuevo significado, otra lectura o codificación a imágenes previas. Además, en esos siete meses pasó de todo: fue el décimo aniversario de las Torres Gemelas, y coincidió con la muerte de Bin Laden, así como con el huracán Irene. En las horas previas a su llegada desoí el consejo de los bomberos, salí a la calle, e hice fotos de un inquietante Nueva York vacío. Eran imágenes que no estaban hechas para ser compartidas.

¿Conseguiste algo con esa entrada en un espacio más institucional?

Era empezar a traspiés, con algo que no se ajustaba a lo que venía siendo mi trayectoria. Sin embargo, tuve muchísima suerte porque Elena del Rivero, un referente del arte contemporáneo, me escribió el texto introductorio. Como homenaje a sus Cartas a la madre, se lo pedí así, por carta, y ella me contestó por el mismo medio. Desde ese momento, decidimos que el texto del catálogo lo íbamos a reducir a esa conversación epistolar que habíamos tenido. Es cierto que no he vuelto a eso, ni he hecho nada parecido, pero también creo que se debe a que me gusta esconder las cosas, dejar algo que no sea tan evidente. Mi obra tiene mucho que ver con la disolución de la autoría, me cuesta mucho posicionarme como enunciadora principal. También trabajo mucho con lo liminal, con lo poético, y con la idea de trabajo infinito, nunca acabado. Ahí sucede la magia del arte contemporáneo: en esa pérdida de control sobre la obra.

En esta exposición, por ejemplo, hice una pieza de la que nadie se percató, que para mí ha sido una de las más sutiles y profundas que he hecho. Tiene su origen en la visita que le hice al 9/11 National Memorial, en pleno World Trade Center, el día de su inauguración. Tuve un momento de recogimiento ante la inmensidad de aquel antimonumento. Cogí una página de mi diario y, a modo de frottage, calqué algunos de los nombres de las víctimas. Entonces, uno de los vigilantes, que probablemente pensó que había perdido a alguien, me dio un kit para hacer precisamente lo que yo estaba haciendo. Era un pequeño rollo de papel de algodón, bastante grueso, con un carboncillo con el que formé un texto. En Los Molinos esta pieza estaba escondida en una esquina y casi nadie reparó en ella. Tampoco la documenté: me gusta que haya cosas que se diluyan sin que nadie les preste atención.

En el catálogo, precisamente, mencionas que la imagen aparece en su contradicción: como un producto falseado por el artista, que ya anticipa lo que quiere, y como algo que se presenta sin más, con toda su fuerza espontánea.

Sí, es cierto, cuando uno piensa que va a hacer algo para ser visto creo que no se enfrenta de la misma manera a cuando uno hace, por ejemplo, fotografías cuyo destino es permanecer en tu disco duro. Por eso también acepté el reto, no estaba proyectando nada, aunque evidentemente las imágenes siempre estén permeadas por lo subjetivo.

Ahí, también comentabas: son estas imágenes, a mi entender, las que esconden algún secreto, algún aspecto difícil de descodificar, las más interesantes.

¡Claro! Creo que pasa también con los libros que te atraviesan y se te quedan dentro, que son los que, en el fondo, se te escapan un poco, se te resisten. Hay matices que sólo llegan con una segunda lectura. Con el arte pasa igual, no hay nada peor que una obra literal, que una metáfora sencilla o demasiado obvia. Es preferible que haya siempre significados escondidos, indirectos, segundas capas, antes que la total transparencia.

Entonces, ¿por qué te metiste al doctorado?

Yo tenía claro que la carrera me había cambiado, y que aquello se me había quedado corto. Me planteé hacer otro máster, u otra carrera, pero finalmente me decidí por un doctorado de la Complutense con mención de calidad del Ministerio. Tuve mucha suerte porque me concedieron la beca FPU, y eso suponía cuatro años de tranquilidad económica. Fíjate que por aquel entonces me consideraba una becaria precaria, y ahora entiendo que fueron de los mejores tiempos de mi vida. Es verdad que al principio no te puedes dedicar a la tesis. Primero tienes que atender a los cursos de doctorado y luego tienes un contrato en prácticas que dedicas a la docencia. Al final,  por compromiso personal, decidí que aquello debía culminar en una tesis doctoral.

No obstante, es cierto que hay momentos de desánimo. Es una tarea que requiere de mucho esfuerzo y sacrificio. Me leía varios libros al día, trabajaba catorce horas diarias en la tesis. Era lo único que hacía. En realidad, pude terminarla porque me concedieron una ayuda de la Diputación de Alicante.

Dicho esto, pienso que hay mucha gente que quiere hacer el doctorado y no sabe muy bien qué significa. El otro día, alrededor de un 90% de los alumnos del máster de la Facultad me dijeron que querían hacerlo, ¡imagínate! ¿Cómo les hago yo entender que eso no tiene sentido? En cierto modo, para mí ha sido la culminación de mi constante hibridación (licenciada en Bellas Artes, pero doctora en Historia del Arte; me gusta la investigación, pero a su vez soy artista), y de mi posicionamiento atípico, ya que no sigo los modos de producción de un artista contemporáneo.

Luego, recuperando tu trayectoria artística, te han seleccionado en Panorama.

El Cendeac vivió sus mejores tiempos hace diez años o así, y tampoco se puede responsabilizar a nadie por la reducción presupuestaria que hubo: pasó de tener uno acorde con un centro de estas características a disponer de lo mínimo. Es cierto que durante muchos años ha estado hibernando, en comparación con los grandes nombres que pasaron por aquí, como Marina Abramovic, Orlan o Hal Foster, pero últimamente ha resurgido con ese cariz enfocado a la fotografía contemporánea. Detrás de esto, por supuesto, está Gustavo Alemán, que ha sabido hacerlo muy bien con muy pocos medios. Fíjate, parecía que era como el último recurso; tirar del ámbito local. La sorpresa ha sido descubrir un nicho de fotógrafos con una calidad excepcional que estaba esperando a que pasara algo así.

Yo, curiosamente, nunca me he considerado fotógrafa, aunque sí que fabrico imágenes, y este ámbito ha sabido entenderlo muy bien: lejos de considerarme como una intrusa siempre me han tenido en cuenta.

Claro, tu labor es apropiacionista: compras cartas e imágenes ajenas y las intervienes, como en Past Remains (2014), en el Laboratorio de Arte Joven.

Yo no separo muy bien mi tarea de artista de mi afán coleccionista. Me considero coleccionista, y luego parte de este material puede tener salida artística. Tiene mucho que ver con Benjamin y la idea del artista como trapero. Colecciono fotografías de finales del siglo XIX, de principios del siguiente, de todo tipo y en cualquier soporte. También colecciono cartas de amor, que es súper mariquita. Tengo muchísimas correspondencias, sobre todo de mediados del siglo XX, además de testamentos y últimas voluntades hológrafas. Hay una de un cura que para mí es resumen del sentido de la vida. Eso sí, yo no hablaría tanto de apropiación como de adopción, en el sentido que le otorga Fontcuberta.

Claro, también está Encarnados (2016), una serie violenta en la que pones en peligro tu cuerpo.

Para mí es esencialmente poética, a pesar de que hay una agresión muy evidente. De hecho, la tenía en la cabeza desde hace muchísimos años. Mi primera quemadura me la hice durante la carrera en el año 2005. Sin embargo, no empecé la serie hasta 2012 porque sabía que estaba poniendo en riesgo mi cuerpo. Hubo un momento de fractura interior que fue el detonante decisivo. Lo hice como una forma de catarsis personal, aunque también es verdad que lo ralenticé todo porque una de las quemaduras me causó mucho daño.

Gran parte de estas imágenes no las he publicado porque siento que las tengo que reservar para una futura exposición monográfica. La serie, precisamente, surgió a partir de mi colección de dry plates, o negativos en cristal, y mi investigación sobre cómo podía hacerlos visibles. Esto lo uní a mi interés por el cuerpo y el resultado es que incorporo a personas desconocidas a mi propia piel, a mi propia vida. Sus historias terminan formando parte de mí misma, a modo de infraleve. Mi obra parte de estos intereses comunes: la memoria, el cuerpo, y la muerte.

Precisamente, todo tu trabajo se reúne en torno a la muerte en su doble vertiente: como algo decadente y frágil, pero también lleno de belleza y trascendencia.

Eso es, me encanta. Para mí la muerte siempre ha sido algo que me ha aportado, al final, felicidad. Es una especie de balanza que ha equilibrado todo en mi vida. Tener presente que existe la muerte me ha hecho ser feliz y disfrutar de las cosas incluso en los peores momentos. Esto no es fruto de una decisión personal, ni de una reflexión sesuda ni elaborada, es algo que siento desde niña. Además, el lugar donde me he sentido más tranquila ha sido en los cementerios, adoro pasearme por ahí. Es como un jardín interior, consigo sumergirme en lo más profundo de mí misma, sentir la calma y el alivio. En realidad, la muerte te ayuda a poner las cosas en su sitio, a darle relevancia a lo que verdaderamente la tiene. Es algo bello y terrible. Y también es muy probable que mi pasión por el trabajo de Teresa Margolles, sobre quien publicaré un libro este mismo año, no sea más que constatación de esta postura.

Texto: Héctor Tarancón Royo.

Fotos: Elena Trinidad Gómez García.


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