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Sí, ya sé que una de las razones por las que ya no hay aplausos, ni Resistirés, ni discotecas abalconadas es buena: la gente ha vuelto a sus trabajos y a ver a sus familias, pero no puedo evitar sentir una punzada de pena por los distintos adioses que este nuevo cambio de vida supone. Le he cogido cariño hasta a un confinamiento: soy un caso perdido. Cuando mis amigos me decían: “Necesito salir, no puedo seguir encerrado”, yo pensaba para mis adentros: “Esperad, necesito un poco más de tiempo, aún no estoy preparada para el mundo real”.

Probablemente esté desarrollando de forma leve el “síndrome de la cabaña”, pero también puede ser que solo me haya acostumbrado a ser dueña de un tiempo que no sabía que tenía y ahora no puedo ni pensar en que ese regalo me sea arrebatado. No me entendáis mal, tampoco quiero seguir así el resto de mi vida, porque  tengo mi casa tan reluciente que a veces hasta me incomoda. Lo que no me importaría sería tener un poco más de tiempo para cocinar, leer e incluso jugar a la videoconsola. Sí, aquí viene mi segunda confesión: me he enganchado a jugar a Animal Crossing, yo que no he jugado a nada desde una pequeña obsesión que tuve con los Sims años ha, he invertido bastantes horas a jugar a la Nintendo en estos días. He llegado incluso a ver vídeos en Youtube para aprender trucos. No puedo ya tomarme en serio. He descubierto que es relajante pescar y que mis flores no se mueren en ese universo paralelo, algo que me levanta un poco el ánimo cuando en la vida real me estoy cargando todas mis plantas. Por aquí hago un llamamiento a los entendidos en jardinería: ayudadme con mi zamioculca, os lo suplico.

Además de estrenar una libreta de apuntes sobre cuidados de flores y poner en marcha un semillero improvisado con una huevera, le he dado duro a la limpieza. Sí, se ha convertido en mi excusa para procrastinar todo aquello que fuera mínimamente productivo ㅡcomo este artículo, por ejemploㅡ. No os hacéis una idea de las veces que he limpiado las tres ventanas que tengo, porque os recuerdo que en Murcia no ha llovido tantos días como lo ha hecho durante el confinamiento. Me decía a mi mísma “de hoy no pasa” y el vecino me miraba como diciendo, “¿pero esta niña está tonta o qué?”; acto seguido, llovía, claro. Ojalá Don Limpio orgulloso de mí.

Como no podía ser de otra manera, también me he dado a la vida en la cocina. Yo antes hacía batch-cooking porque no me daba la vida para cocinar cada día, pero ahora es despertarme y vivir con la ilusión de qué receta tocará esta vez. Y a pesar de cocinar en penumbra durante dos meses ㅡla bombilla se fundió y no vi la urgencia de ir a comprar otraㅡ, he disfrutado como cuando con siete años veía a Reyes Farina me enseñó a montar claras a punto de nieve en Canal Cocina. Estrené ¡por fin! la panificadora y he hecho masa de pizza por encima de mis posibilidades. También he cocinado sin harina, como una tarta de chocolate, porque pasamos unas semanas de escasez que no se las deseo a ninguno de nuestros descendientes. Menos mal que mi panadero de confianza nunca dejó de proveerme del más preciado ingrediente: la levadura. Él sí que se merece un gran aplauso. Os recomiendo encarecidamente un par de recetas (1 y 2) que ya se quedan en mi vida para siempre. Son de Amor González, alma de Casa Taller Birdie, una chef privada de nuestra región conocida por sus cenas clandestinas: su curry y su tarta de chocolate. De verdad os digo que son para comer y llorar de felicidad. No me imagino cómo estarán cuando las haga ella, así que a Dios pongo por testigo que en su próxima cena secreta seré la primera en reservar..

Y sí, como podréis imaginar, me ha quedado más bien poco tiempo para leer, que ya sé que siendo librera ㅡen suspensoㅡ tenía que haber sido mi principal ocupación. Merezco que me quiten este espacio de escritura. La culpa ha sido de la concentración, que ha vivido en fase menos tres casi todo el confinamiento. Me salvaron A corazón abierto de Elvira Lindo que es una deliciosa carta de amor a los padres desgarradora, bellísima y con esa honestidad y ese humor que a ella tanto la caracterizan y Libro de familia, de Galder Reguera, otro ejercicio de literatura y vida de los que te enseñan más sobre ti de lo que habrías podido imaginar. También he tenido que dejar libros porque me aburrían soberanamente como Orgullo y prejuicio de Jane Austen y he leído otros que no esperaba leer y que han acabado enganchándome La novia gitana, de Carmen Mola o El talento de Mr Ripley, de Patricia Highsmith. También tuve, como no podía ser de otra manera, un regalo por el día del libro gracias a M, que nunca falla: Confesiones de una editora poco mentirosa, de Esther Tusquets, que se convierte en un enriquecedor paseo por un mundo editorial ahora inimaginable con anécdotas de autores ya clásicos de nuestra literatura. Me ha dado tantas ganas de seguir leyendo…

Como habéis podido comprobar, he hecho más bien poco y mi lista de quehaceres sigue con múltiples ítems sin tachar. Así que os hago una última confesión: voy a seguir en la fase cero unos días más para intentar ponerme al día y volver a la calle de a poquitos para que no me dé un síncope, que bien me conozco ya. La realidad, tan distinta a la que conocíamos está empezando a tomar forma y me temo que no va a ser fácil estar con mis abuelos y no poder abrazarlos, pero doy gracias todos los días porque aún puedo verlos, así que me pondré mi mascarilla, les haré galletas y, con suerte, hasta les llevaré un libro para que se entretengan. Volveré puntual a casa, me lavaré las manos y estaré lista a las ocho en punto para no olvidar todo lo que ha ocurrido, aunque no aplauda, porque muchos balcones se han quedado, de verdad, vacíos. Ellos, estoy completamente segura, sí que sentirán nostalgia.


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