Comparte este artículo

Gabriel

El proyecto es un retrato visual de la transición de Gabriel a lo largo de seis años. Las fotografías de su transición física están arropadas por paisajes que han sido testigos de sus cambios, de su revelación y por frases extraídas de sus diarios y de entrevistas realizadas al propio Gabriel que ayudan a entender la evolución de sus sentimientos. El fotolibro también recoge imágenes de archivo de su infancia, cuando aún respondía al nombre de Isabel, e incluye selfis que el protagonista ha compartido en sus redes sociales de 2012 a 2018, los años clave de su viaje.

Mar Sáez

Los proyectos de Mar Sáez se centran, como ella misma define, en la complejidad de la identidad y la biopolítica. Sus palabras, como todas las palabras, nos posicionan en el mundo y el término biopolítica nos remite irremediablemente a Foucault. Trata de unir la política con la vida, alertando de cómo las nuevas formas de poder acuñan normas que nos afectan sin que seamos conscientes de ellas, tendiendo a aceptarlas como “naturales”.

Gabriel echó a andar hace ya un tiempo de la mano de Vera, la protagonista de uno de sus anteriores trabajos, pero la autora descubrió pronto que sus historias necesitaban ser narradas por separado. A pesar de que ambas suponen un viaje emocional a través de la vida de sus personajes, allí donde Vera y Victoria contaba una brillante historia de amor, Gabriel cuenta un nacimiento. Nacimiento a partir de una transición, de una deserción, del abandono del género asignado desde el primer nacimiento. Pero como sabemos a través de las enseñanzas de Judith Butler, el género, al igual que el cuerpo o la sexualidad son una ficción política, de la misma manera que lo son los conceptos de feminidad o masculinidad que comúnmente condicionan nuestra libertad de comportamientos y emociones. Y dentro de esa ficción juega un papel importante el nombre. Cuando alguien cambia de género cambia también de nombre, la mayoría de veces por imperativo legal. Es entonces cuando el nombre no sólo denomina sino que se erige en símbolo. Gabriel no es ya un nombre al azar entre tantos otros. Su eco nos rememora aquí al arcángel de la anunciación, que se presenta a Zacarías y también a María para anunciar primero el nacimiento de Juan y luego de Jesús. Es la anunciación de un nacimiento, es el nacimiento de Gabriel.

Un cuerpo transgénero no existe legalmente. Eres un hombre o eres una mujer. Tampoco está presente en la catalogación de los libros de anatomía y sólo existe como desviación y anomalía. En el caso de Gabriel, autora y retratado son capaces de dar existencia real a un cuerpo transgénero. La filosofía recoge lo que la vida le da. Abriendo sus páginas encontramos imágenes disparadas con una cámara que siente desde las tripas y mira desde el estómago, que adquieren significado no por lo representado, sino por la gama cromática y el uso de la luz. Vemos a Gabriel con el torso desnudo, y también la luz como un enigma, luz de alumbramiento. La luz que vela las imágenes es un error que provoca el azar pero al que Mar Sáez sabe estar atenta. Incorporar las heridas de la luz nos permite percibir la emoción contenida. Cuando desplegamos las dos portadas, hallamos un tríptico. Las guardas protegen a Gabriel. Y en el espacio central le percibimos a él, como cuerpo y territorio, pero aún sin rostro. Los brazos extendidos, mostrando unos tatuajes que exteriorizan su mundo interior: “inocente” – “culpable”. Y un ojo en el tórax, ojo que todo lo ve, principio creador. Una toalla sobre sus hombros, a modo de túnica, como reminiscencia de una iconografía religiosa, un bautismo, pero que también le transforma en un príncipe, como en los juegos de la infancia.

Los retratos de Gabriel se van intercalando con los paisajes, con el mar, atardeceres, bosques o árboles erguidos en el centro de un territorio, y siempre la luz, una luz dorada, azul y rosada que lo envuelve todo. La presencia del paisaje permite dotar a la naturaleza de emociones y sentimientos que son más difíciles de transmitir desde los cuerpos. Y los textos, insertados como una cadencia imprescindible para marcar el ritmo de la lectura. Observamos que los versos no son versos sueltos y que los vacíos y silencios intercalados constituyen espacios de reflexión que van cargando de significado a las imágenes.

Aparece también un protagonista que nos habla en primera persona. Los selfies de Gabriel, en otro color y otro papel como soporte que dificulta la contemplación, insertados en el centro, reconocen también su coautoría a la vez que marcan el paso del tiempo. Freud escribió en Duelo y Melancolía que la traslación, la transformación de un cuerpo, de alguna forma provoca una inevitable melancolía por la pérdida de algo que no sabemos definir muy bien en qué consiste, genera un vacío que necesita del duelo para curar. Estos selfis de Gabriel y sus fotos de infancia, ese niño de ojos de azabache, espesan las capas de emoción sabiamente contenidas en el libro. Las fotos del álbum de familia de ese niño, o esa niña, que nos mira feliz con los ojos muy redondos, añaden carga al paso del tiempo.

Hay retratos de Gabriel que nos recuerdan al buen salvaje, en otros se encuentra un eco de la torsión de los cuerpos en las esculturas clásicas. Gabriel puede aunar un torso desnudo de San Sebastián con la ambigüedad de las Venus o la mirada directa de la maja de Goya.

Y frente a este clasicismo de los desnudos, en los que no está el Gabriel que duda, surgen otros de tono menos heroico, más cercanos, como en el que se envuelve en una bata rosa.

Entre el paisaje, que también es Gabriel, y el horizonte libre e inmenso del mar, tenemos muchos Gabriel, porque quizás todos seamos muchos en uno. Y la vida es un bello viaje, como el narrado en este trabajo, en el que los cuerpos fluyen, cambian y se transforman.

Carmen Dalmau y Daniel Mayrit

Murcia Inspira - La fotografía de autor tiene un lugar en Murcia - Mar Sáez

Mar Sáez (Murcia, 1983) compagina su trabajo como fotógrafa freelance con el desarrollo de proyectos personales con los que intenta explorar la complejidad de la identidad y la biopolítica intentando hacer un retrato, desde dentro, de las realidades que le preocupan.

Ha ganado dos veces el Premio LUX de Fotografía Profesional, en la categoría de Documental. También ha participado, desde 2008, en distintas exposiciones individuales y colectivas en Europa y Estados Unidos.

En octubre de 2016 publica su fotolibro Vera y Victoria y en diciembre de 2018 Gabriel, ambos con la editorial francesa André Frère Éditions. También publicó el periódico DÚO-A, Sobre el viaje por carretera con desconocidos (editado por Phree), junto al escritor Miguel  Ángel Hernández.         

Solo en 2018 sus obras se vieron en Barcelona (Can Basté), Madrid (Feria   Estampa), Baracaldo (Festival Baffest), Feria Cosmos (Arles), Museo Amárica (Vitoria) o Paris Photo, entre otros y en 2019 en la galería Tigomigo (Terrassa, Barcelona), en London Art Fair, en KLAP Maison pour la  Danse (Marsella) en F22 Foto Space en Hong Kong.      

Como artista está representada por la galería Pilar Serra de Madrid y la agencia Institute de Los Ángeles.


Comparte este artículo